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Todas las empresas tienen una cultura (definida y gestionada conscientemente o no). Al igual que todo negocio tiene una marca (definida y gestionada conscientemente o no).

Esa cultura, los comportamientos, creencias, forma de hacer y de relacionarse de sus empleados y que hace realidad la promesa de marca en el mercado, debería responder a las necesidades del negocio y sus retos.

Vamos, que si necesitamos ser innovadores para seguir siendo competitivos, tendremos que promover una cultura innovadora que responda ante estos retos.

Es aquí donde se abre el que podría ser un gran melón, y es que si nuestros equipos no responden a esta cultura innovadora, si no tienen esa inquietud de construir algo nuevo, de ir más allá, un paso por delante, difícilmente conseguiremos construir en la dirección que impulse la competitividad del negocio.

De nada sirve definir una cultura que haga feliz al empleado y que satisfaga el ideal de lo que espera de su entorno de trabajo, si esta cultura no es la apropiada para la sostenibilidad y el progreso del negocio en cuestión.

Aquí es donde se evidencia la necesidad de equilibrio en la relación entre lo que nos gustaría ser y a lo que nos gustaría pertenecer (como empleados de una organización) y lo que la marca necesita ser para mantener su relevancia y competitividad en el mercado.

Relaciones equilibradas entre lo que quiero y lo que debo.
Relaciones entre lo que soy y lo que me conviene ser.
Relaciones al fin y al cabo.

Porque a mejores marcas, mejores relaciones y mejores negocios.